Srta. Veen

Ada Veen es la protagonista de Ada o el Ardor, lejos de ser como ella -pero deseando parecerme a alguien así cada vez más- la Srta. Veen no es alguien más que escribe sobre lo que le gusta o inquieta, sobre lo que admira o desprecia, sobre lo que en nuestra actualidad ocurre sin dejar de ver su reflejo en el pasado, en la música, la literatura o el cine.

Van fue considerado digno de ser iniciado en el pequeño sistema de sabiduría creado por Ada. Y en efecto lo fue, cuando apenas llevaba una semana en Ardis. Aquella filosofía presentaba la vida del ser humano como compuesta por cierto número de elementos, o «cosas», clasificadas y jerarquizadas: las «cosas-verdaderas», poco frecuentes, y de un valor inestimable; las simples «cosas», que formaban el tejido rutinario de la vida; y las «cosas-fantasmas», también llamadas «nieblas», como la fiebre, el dolor de muelas, las horribles decepciones, la muerte. Si tres o cuatro «cosas» acontecían simultáneamente, formaban una «torre», y, si se sucedían de manera inmediata, constituían un «puente». Las «torres verdaderas» y los «puentes verdaderos» integraban la sustancia gozosa de la vida, y cuando las torres se presentaban en serie uno llegaba a experimentar el éxtasis supremo; pero esto no sucedía casi nunca. En determinadas circunstancias, y a una cierta luz, una simple «cosa» podía parecer, e incluso llegar a ser, una «cosa-verdadera». Y también, al contrario, podía coagularse en «niebla» fétida. Cuando la alegría y la ausencia de alegría formaban una mezcla (bien simultáneamente, bien escalonada en la pendiente de la duración), el resultado era una «torre en ruinas» o un «puente roto».

Los detalles pictóricos y arquitectónicos de aquella metafísica hacían las noches de Ada menos penosas que las de Van. Y aquella mañana (como la mayor parte de las mañanas) éste tuvo la impresión de que llegaba de un país infinitamente más lejano y lúgubre que aquél del cual salían Ada y el Sol.

Ella sonreía, con labios carnosos, almibarados y brillantes.

(Siempre que te beso, ahí, —la decía algunos años más tarde—, me acuerdo de aquella mañana azul, en tu balcón, cuando comías una tartina de miel…)

La belleza clásica de la miel de trébol, fluida, dorada, translúcida, desprendiéndose suavemente de la cuchara, empapando de su oro líquido el pan con mantequilla de mi amor. Miga bañada en néctar.

—¿«Cosa-verdadera?» —preguntó Van. 
 —«Torre» —contestó Ada. 
Vladimir Nabokov. Ada o el ardor, 1969

 

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