Instantáneas literarias II

“Try to learn to breathe deeply, really to taste food when you eat, and when you sleep, really to sleep. Try as much as possible to be wholly alive with all your might, and when you laugh, laugh like hell. And when you get angry, get good and angry. Try to be alive.”

— Ernest Hemingway

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Fotografía de Hannes Kilian, 1955

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Bienvenido, hiperrealismo

En pintura, el hiperrealismo dejó de tener sentido en el momento en el que apareció la fotografía. No como medio artístico, pero sí como medio narrativo de lo real. Digamos que la realidad se cuenta mejor en las instantáneas. Con el tiempo, la fotografía también ha traspasado esa línea para contarnos historias no siempre reales, la realidad es el instrumento para contar una ficción. En el cine y en la literatura popular podríamos hablar, también desde la perspectiva de medios narrativos, de un uso similar: lo excepcional ha sido lo que ha alimentado con más frecuencia la tendencia o la vanguardia: lo que despertaba nuestros deseos, lo intangible y el ensueño de aquello que queremos desde nuestra naturaleza más salvaje. Es difícil y apresurado generalizar, eso no se me escapa, pero me gustaría centrarme en la tendencia del siglo actual hacia el “relato del deseo”. Vaya por delante que lo más llamativo de nuestra época es la simplicidad de la narrativa, ya sea televisiva, literaria, cinematográfica o icónica; baste para ello mencionar a personajes como Belén Esteban, películas y novelas como “Crepúsculo”, o una Hello Kitty en la carcasa de nuestros móviles (porque también en nuestros iconos hay narrativa). Pero traspasando ese tema del que ya hablan tantos y tan bien lo hacen, me tomo el tiempo de pensar en una de sus “lecturas transversales” y mucho menos pesimista.

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Una tendencia no es más que el resultado del tejido cultural y social de una comunidad. La influencia es recíproca y prevalece la eterna duda de si fue antes el huevo o la gallina: ¿es la moda la que marca los pasos de una sociedad o es la sociedad la que marca las modas? Entiéndase por moda la característica distintiva entre las diferentes culturas y las diferentes épocas de la misma, de tal modo que podamos usarlas para categorizar con más sencillez los rasgos que quiero destacar. Así pues permítanme que los ubique: hablo de 2014, de cine, literatura, narrativa y deseos, por ello no se me ocurre mejor ejemplo que hablar de historias de amor.
La mayoría de las historias que nos conmueven, cuando tratan de un amor que queremos que se realice, aunque finalmente ocurra o no, se sostienen por el sentido que el relato nos ofrece cuando, por ejemplo, la heroína, que se debate entre irse o quedarse, deseamos que se quede. Somos nosotros, los espectadores o lectores los que así lo deseamos, pero ese sentido se lo da la narrativa –ya sea en el cine o en la literatura- que el autor consigue impregnar en la historia. Y así pensamos: “qué valiente, qué bien hecho; él te quiere”. Proyectamos en los personajes nuestras frustraciones, pero ellos en esas historias sí son capaces de hacer lo que nosotros no somos capaces de hacer. ¿Por qué ha venido siendo así hasta ahora? ¿Por qué el auge de una narrativa en lo excepcional? Realmente no tengo una respuesta clara o certera. Podría divagar adentrándome en el tema de ser hijos de una civilización del consumo, una civilización a la que nada le falta, y que por ello, una civilización que se alimenta de anhelos en los que no se ve capaz de ser la dueña del destino final de su vida. En definitiva de desear lo que no podemos comprar. Pero quizá sea más interesante abordar, puede que junto a ello, una  moda que parece resurgir con fuerza en los últimos tiempos: el hiperrealismo.

Durante este verano he leído los dos libros de Karl Ove Knausgård que se han publicado de momento en español. Forman parte de un potente ejercicio por parte del autor tanto literato como personal, pues nos narra su vida sin contar nada más –y nada menos- que eso: su vida. Pero no no es lo único, sino que logra con gran eficacia que el lector quede atrapado entre sus hojas, quizá esperando un giro o quizá todo lo contrario: aceptando que una vida no tiene porqué ser excepcional y que por el mero hecho de ser así es como la nuestra, como la de todos. Esa misma sensación tuve anoche cuando vi “Boyhood”, un filme grabado durante doce años para contarnos la vida de una familia sin contarnos nada más que eso: de nuevo, la vida. Y de nuevo, una vida que no es sólo la de los protagonistas, sino una vida que podría ser la nuestra. Similar es lo que ocurre cuando ves “La vida de Adèle”, estás inmerso en una vida que es también la tuya. Podría añadir que el tema en cada una de estas narraciones no es la vida, si en “La muerte del padre” Knausgård habla sobre los conflictos paterno-filiales, en “Un hombre enamorado” habla del amor adulto, y si en “Boyhood” se habla del paso del tiempo, en “La vida de Adèle” se habla de la soledad. Pero no es importante el análisis profundo del significado de estos relatos para lo que hoy me trae aquí, lo que importa es el relato en sí, su alta popularidad y la buena acogida de estas narraciones que, de súbito, podría haber afirmado que ya no interesaban.

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¿Hay un nuevo gusto por la sutileza del relato? ¿La gente necesita menos héroes ficticios y más héroes reales? Supongo que todo esto no es meramente una moda, sino que es una señal de algo más que puede ser producto de una crisis no sólo económica. ¿Será posible que, de algún modo, nos hayamos cansado de ídolos de silicona, amores de telenovela y utopías? Realmente me gusta pensar que es así. No en vano he hablado de crisis económica, pues me es fácil pensar que una sociedad supeditada a lo material, donde los valores y principios se han forjado en la abundancia se vea golpeada cuando todo lo que entiende por riqueza amenaza con desaparecer. Los cimientos se tambalean, y así también todo lo que para esta sociedad puede resultar valioso o útil. Si algo prevalece en estas historias y en la reacción del público es el deseo, pero no ya de algo a lo que aspirar, sino más bien al deseo de sentirse humano y común, de sentirse comprendido y a la vez reflejado en esos personajes que no hacen más que hablarnos de nuestra propia vida. Parece ser que la recompensa es la misma, pero lo que la genera es lo que ha cambiado.

Sigamos con las historias de amor. El amor ya no duele. El dolor no es útil en nuestra sociedad. El dolor no está de moda. Así se pronuncia Eva Illouz, socióloga israelí que debe su fama a haber escrito sobre la sociología del amor. A grandes rasgos su análisis se centra en relacionar la forma en la que entendemos el amor romántico con el capitalismo, del mismo modo que ya lo hiciera Erich Fromm. Es decir, que tratamos al amor como una mercancía: en función de las ganancias o pérdidas que nos pueda proporcionar, y en definitiva, en función a su utilidad. A su vez, Illouz, también habla de la utilidad del dolor: “Sufrir por amor ya no es natural, nuestra cultura dice ‘no al dolor’. No tiene utilidad. En estos tiempos el amor pasa por la racionalización y el desencanto. La dominante cultural es la ironía, que es lo opuesto a la intensidad”. Sus palabras me sirven para todo tipo de dolor, no sólo al dolor ocasionado por el amor romántico, pero a luces de las mismas toda mi tesis se viene abajo. Pero antes de permitir eso (discúlpenme el atrevimiento) seré yo la que le lleve la contraria a la socióloga.
Es cierto que una sociedad que define como cool la soltería, la independencia, la individualidad, el mirar por uno mismo y el pensar siempre en positivo, no casa bien con el mal de amores, y mucho menos con el dolor que este pueda ocasionar. Del mismo modo que tampoco casa con una depresión que puede solventarla un ansiólitico adquirido en una farmacia. De este modo, la ironía se impone -tal y como dice Illouz- y racionalizamos ese dolor a través de artificios sociales e incluso sintéticos (los fármacos). Hasta aquí puedo estar de acuerdo, pero mi aventurado análisis me hace ser un poco más actual, como os decía, me trae hasta exactamente el año 2014. En estos últimos años el dolor, no sólo el ocasionado por el amor romántico, se ha hecho un hueco en muchos hogares, la desilusión por la desaparición de un futuro que se nos prometía generoso, la desaparición de ciertos valores éticos a los que gustosamente nos hemos sumado, el hastío que produce el no necesitar de verdad nada realmente porque lo tenemos todo…parecen que han dejado huella o, al menos, van dejándola. Me atrevería a decir que se banalizó el amor porque podíamos reemplazarlo, pero el dolor parece haberse convertido en una especie de maestro.

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Mi mirada es muy optimista, sé que busco algo bueno en medio de una Gran Crisis, pero realmente no me parece tan descabellado. El renacimiento del gusto por que nos cuenten historias “normales”, con una cadencia no sobresaltada pero sin falta de conflicto, donde se nos muestra la historia de lo irremplazable de la vida, lo entiendo como una buena lección a nuestro tiempo. Siempre ha habido interés, incluso morbo, en lo cotidiano –no olvidemos que Bob Dylan se inspiraba en la sección de sucesos de los periódicos y todos hemos cantado alguna vez su “Hurricane” o “Knockin’ on heaven’s doors”- pero creo que hacía mucho tiempo que el gran público no alababa al relato más que a la historia, y creo que eso es porque el fondo de las mismas nos importan, ahora sí, un poquito más.

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