El tiempo y mi cocina: 02 de febrero de 2017

Esta mañana el sofá azul se veía gris, también el quinqué verde, el suelo rojo, mi perro Tango, que es blanco y negro, y mi pan con aceite se veían de color gris. Era un gris triste, pero solo porque dicen que el gris es triste, ya que para mí hoy no ha habido tristeza. Como tampoco ha habido lluvia aunque haya llovido. Sé que ha llovido porque me lo ha dicho mi padre y porque mientras hablaba por teléfono escuchaba las gotas de lluvia golpear el suelo al otro lado del aparato. Quizá fuera un sonido más real que la propia conversación, pues pienso que los que de verdad se comunicaban en ese momento eran el agua y el asfalto, que no estaban separados, sino atrapándose. Después mi cocina se ha inundado blanco, ha salido el sol y ha cambiado el gris plomizo por el blanco brillante, como cambia el color de la ciudad de las luces, que combinaba hoy con en olor a mantequilla, puerro y París, con esa crema que sabe a Campos Elíseos que nos hemos comido. Sí, ha salido el sol por un instante, no sé si por condescender o porque me lo merecía, pues aunque el sofrito de hoy no ha sido el mejor de mis fogones y ni el tomate ni el huevo le han puesto mucho color al gris del día, la mesa de hoy, a solas con mi padre, no ha sido gris. Ahora el jueves termina de color rojo, en el cielo, en mi copa y en mi boca.

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