Retales

Llega septiembre y te encuentras de nuevo frente a la hoja en blanco. Y resulta que, como este verano no he podido ver estrenos, la hoja en blanco se hace enorme, crece y crece delante de mí, como si de un sueño se tratara: una hoja en blanco gigante por la que camino sin referencia alguna. Sigo vagando por esa hoja y pienso en que ha sido un verano malo; muy malo, para ser honesta; la hoja en blanco es tan blanca que sólo la veo negra. Y ahora es una pesadilla.

Septiembre, hoja en blanco, sueños y pesadillas. De esas cuatro cosas y los dos repasos que he dado a mis anotaciones estivales –que no son pocas pero sí mucho más íntimas que útiles- tengo que sacar un artículo para The Best & Brightest (@BestBrightestES) y sólo logro escribir esto, unos párrafos que me planteo si debería borrar. Sin embargo, he decidido dejarlo porque acaba de sonar una extraña versión en francés de Dream a Little dream of me, una versión que no recordaba tener en este IPod rescatado de un pequeño rincón del olvido, y me he acordado de Yume y de Henry James. Yume, Los sueños de Akira Kurosawa (1990) es la única película que he visto de Akira Kurosawa y Henry James es el escritor que jamás ha contado un sueño.

Overhead view of men wearing hats, New York City, 1930, a photo by Margaret Bourke-White

Como me dijo por Twitter el amigo Irles (@SanzIrles), es extraño que una presunta cinéfila de fuste como parece –y creo- que soy no haya visto nada de Akira Kurosawa, pero así es. O así  era, hasta que hace unos días vi Yume. La película se compone de ocho sueños que el director nipón ha tenido a lo largo de su vida, y a través de lo cinematográfico lleva sus experiencias oníricas al público. Henry James decía que si lo que quieres es aburrir a alguien lo mejor es contarle un sueño.  “Cuenta un sueño, pierde un lector”, decía exactamente; pero si se cuenta un sueño, ¿también se pierde un espectador? Rotundamente no. Y en el caso de Akira Kurosawa… pues todo lo contrario.

Love is gonna find you again(…)
but not leaving you yet.

Le he dado más vueltas a los apuntes, mi Moleskine no puede estar más revisada. Las notas de mi móvil son la amalgama perfecta de lo mundano y lo divino: desde la lista de la compra hasta una cita de los Corintios. Me he tomado un café y he hablado un rato con mi madre, ahora se ha quedado dormida. Sigo con las mismas ideas y la que suena ahora es Bird of sorrow, de Glen Hansard. Una canción que habla de la esperanza y de no abandonar, de tener coraje para seguir adelante. Un tema muy propicio para cualquier blog y cualquier artículo recurrente cuando no tienes claro sobre lo que escribir, y más si, como yo, has pasado un mal verano. Pero a mí me da por pensar de nuevo en Kurosawa, porque él con su Yume casi me pierde, pero he decidido no abandonarlo aún. Me queda coraje para no perderme a uno de los directores cimatográficos que, según dicen, mejor ha entendido a Shakespeare. En realidad, la relación entre Akira y yo es una especie de amor platónico, un amor sustentado por lo que imagino que pudiera ser.

En la primera película que he visto de Akira Kurosawa no se cuenta un sueño, sino que, tal y como anticipaba, se cuentan ocho: Akira casi me pierde. Y digo que casi me pierde porque su fama le precede y no soy de abandonar a la primera. Es muy de lejos una buena película y si de mundos oníricos llevados a la pantalla hablamos es posiblemente uno de los más tediosos que yo recuerde. Además, acépteme un consejo: que no sea la primera película que vea del cineasta, puede quitarle todas las ganas de conocer el resto.

canciones-saltar-goma

El mundo onírico está presente en muchas películas y está, de hecho, presente de forma magistral. Un sueño inolvidable es el de Spellbound de Hitchcock, ese sueño creado por el propio Salvador Dalí para la película; o el sueño del Truffaut adulto en La noche americana, en el que se ve al Truffaut niño robando las fotografías de la presentación de Ciudadano Kane en el recibidor de algún cine. El francés recrea el sueño de su vida, el de ser director, y nos lo cuenta en una película a través de un sueño en el que se muestra su fascinación por una película de Orson Welles. Es el sueño dentro del sueño, la película dentro de la película: el deseo soñado, la realidad filmada: sueños proféticos y sueños cumplidos. Incluso, la misma Ciudadano Kane, que pudiera ser un sueño de principio a fin. Otros sueños proféticos son los de Fresas Salvajes, película emblemática de Ingmar Bergman en la que un anciano profesor sueña durante un viaje en coche con diferentes etapas de su vida. La película Origen de Nolan es completamente un sueño, es una película que habla de ellos y nos mete en ellos para transformar la realidad, un mundo freudiano, paraíso de cualquier semiólogo, y una solución para todo el que busca respuesta en El libro de los sueños. O la onírica Mulholland Drive, de Lynch.

“Un sueño deja siempre una impresión de grandiosidad y absoluteza. Ello nace del hecho de que en el sueño no hay detalles triviales, puesto que, como en una obra de arte, todo está calculado para producir efecto.”

Cesare Pavese. El oficio de vivir. 3 de noviembre 1944.

Y exactamente eso es lo que nos ocurre cada vez que vemos una película. Todo en ella está milimétricamente pensado para causar en nosotros una sensación, una emoción, un sentimiento. Es por eso que creo que la afirmación de Henry James no podría adaptarse al lenguaje cinematográfico, salvo que hubiera tenido un sueño profético y éste hubiera sido con la película del director nipón. Con todo, Yume es un espectáculo visual, y por contener ocho sueños contiene ocho escenografías totalmente dispares, sin conexión estética pero de una belleza única e individual casi pictórica. Ocho escenografías y, así, ocho primeras fotografías.

¿Otra casualidad? Suena Photograph, una de las mejores canciones post-Beatles, de Ringo Starr:

 Everytime I see your face
It reminds me of the places we used to go
But a ll I’ve got is a photograph
And I realice you´re not coming back anymore

Con toda primera fotografía empieza una historia, es sólo con la segunda fotografía con la que empieza el montaje: lo que se anunciaba en la primera, ahora se mueve. De ahí que sea de gran importancia la primera imagen de una película. Es importante porque, si lo pensamos bien, una imagen es una vez en el tiempo, que en esta ocasión será la antesala de todo lo que nos espera. Además de eso, es un instante que podemos visionar  y revisar mientras no se destruya. Una imagen es recordar más, es ver más, es, intuyo, amar más. Y también odiar más. Y cuando es la primera, pues ya se sabe, pocas veces se da la oportunidad de una segunda primera impresión y Kurosawa lo tiene claro. En esta presentación de cuentos morales en forma de sueños se vale de esa técnica visual de encantamiento; de ese truco que es la imagen en el cine; del uso de una herramienta con la que sí demuestra una pericia incuestionable.

La función final de toda fotografía es la del reencuentro, la de volver al lugar y momento que retrata, la de poner forma y espacio a una historia. No obstante, como decía, con la segunda fotografía comienza el montaje, el movimiento de la historia. Si éste falla, falla todo lo demás. Ocurre igual con el contoneo de unas caderas, que si no es del ritmo adecuado, la belleza estética y estática pierde todo su encanto. La fotografía en el cine es, a fin de cuentas, como las personas. Y si no ansías el reencuentro con alguien, por muy guapa o bonito que sea, mirar su fotografía ¿para qué?

Aunque como ya os he contado, lo mío con Akira, de momento, es platónico, y no me voy a dejar llevar por una pequeña decepción. Por un bache antes del comienzo. Yo sí ansío el reencuentro.

Niño mirando la TV. 1948

Después de casi cuatro horas tengo todas estas palabras escritas, van con cierta falta de sentido intencionado y con una deuda al portador (al lector): la de que la próxima vez analizaré una película, como se supone que debo hacer, apagaré la radio y me dejaré de promesas y casualidades. Todo ello postfechado, para cuando tenga un poco de más saldo en la cuenta de la imaginación. También pospongo la escritura del artículo para la revista, y le sumo el propósito de no aburrir y hacerlo antes del domingo, coger una sola idea y no jugar a la melancolía.

Antes de dejar la escritura de retales por un tiempo, al menos, hasta la siguiente entrada, diré una última cosa: que si te quiero querer te quiero.

[Fe de erratas: Álvaro Quintana (@Alvaroquinn) me avisa de que Mulholland Drive es anterior a Origen, ya que en la primera versión publicada de esta entrada yo hacía referencia a la película de Lynch como la más reciente en el tiempo de todas las que cito. Gracias, Álvaro]

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4 pensamientos en “Retales

  1. “que si te quiero querer te quiero”
    Eso mismo digo yo, que lo querré hasta que me aburra, hasta que me canse o hasta que él decida que sí me quiere a mí.
    Tú decidiste dejar de quererme, vale. Pero no vas a decidir hasta cuando te quiero yo.

  2. Kurosawa. Imágenes perfectas a un ritmo desquiciantemente lento. Fuegos artificiales. Demasiado ruido para muy pocas nueces. Los sueños, en general en el cine, son un recurso fácil de un guionista perezoso.
    Un saludo.

    • Totalmente de acuerdo contigo, Iván. Aunque también es cierto que el que consigue hacer del sueño una buena historia lo consigue a lo grande.
      Un saludo y gracias por pasarte por aquí.

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