¿Sabemos amar? (IV)

Anteriormente: (I) 1. Quiéreme menos pero quiéreme mejor; 2. Te quiero mucho pero a mí me quiero más; 3. El selfie.  (II) 4. El Amor; 5. Ni Dante le fue fiel a Beatriz; 6. Pedagogía de los sentimientos. (III) 7. El amor no entiende de razones pero hay razones para el amor; 8. Antes se adoraba a Dios, ahora es J’adore de Dior; 9. Homo Ludens.

Excursus

Llegados a este punto debería tener una respuesta a esta pregunta, pero al intentar responderla me doy cuenta de que del propio título de esta serie de posts —sin pretenderlo— se desprende una alternativa fáctica que ahora mismo no me atrevo a aseverar: hay una forma buena de amar y una forma mala de amar. O al parecer, eso creía cuando me aventuré a hablar sobre el amor y el individuo self-todo. Para poder responderla tendría que encontrar una definición de cada forma de amar —la buena y la mala—, pero parto de la idea de que todos estamos familiarizados con estos conceptos y por eso no lo veo necesario. Al fin y al cabo amar bien o amar mal no es otra cosa que una disrupción entre prácticas e ideales, y podría decirse que nuestra práctica amatoria en general está lejos del ideal. Además de eso, el amor ideal es hoy en día muy diferente a lo que pudo ser hace dos siglos: el deseo de libertad, la individualidad o el sentirse realizado han perfilado lo que es para nosotros amar; me pregunto si estos nuevos atributos son los que han provocado una tendencia nihilista en los procesos amatorios contemporáneos. Es decir, la tendencia a ese descreimiento sobre una idea que se antoja del pasado: “El amor es para siempre”.

Encuentro de pronto otra afirmación en el título de estos posts: amamos. Porque amar, amamos, ¿verdad? Si, por supuesto que amamos. Con la convicción de que el amor es finito, pero amamos. Con la idea de que “yo” soy antes que “tú”, pero amamos. Con la profunda necesidad de saberse correspondido, reconocido, admirado, soportado y sabedor de que el otro nos merece, pero amamos. Sin querer esforzarnos mucho, pero amamos. A sabiendas de que el amor no es lo que era, amamos.

Sin poder avanzar mucho más de momento, no puedo más que resumir todo lo que he dicho hasta ahora y concluir con mi particular idea sobre lo que es el amor.

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10. ¿Sabemos o no sabemos amar?

Si pudiéramos decir qué es lo que ha buscado el hombre eternamente, diríamos que su mayor búsqueda es la de la verdad, el amor y su identidad. Yo voy a dejar el concepto de verdad, pues ni siquiera me siento capaz de abordar una pequeña idea sobre el amor verdadero, pero sí me quedaré con el de identidad y, por supuesto, el de amor.

a) Identidad

La identidad hoy en día se busca siempre a partir del otro. Y es sorprendente que así sea, pues es desde hace pocos años que se lucha por la búsqueda de la identidad de la mujer a partir de sí misma y no a partir del hombre. Lo cual, denota cierta pérdida de identidad propia —también de los hombres, pero no como hombre, sino como persona que ama y es amada. Si me ciño a lo expuesto anteriormente, somos individuos que si bien reclamamos para nosotros un amor adecuado y nos queremos por encima del otro, no sabemos identificarnos a nosotros mismos sin la mirada de la alteridad. Es decir, que sin el otro no somos nada. De ahí el éxito del selfie, de las publicaciones privadas en redes sociales y de este tipo de blogs que activan nuestro mecanismo de recompensa. Y con ello no quiero decir que esta situación sea consecuencia de estos medios productivos de realidad digital, pero sí refuerzan esta forma de evolucionar.

b) Esfuerzo

Otra característica de las redes sociales y a la que yo atribuyo gran parte de su éxito, es la no necesidad de esfuerzo. No se necesita esfuerzo para gustar en una foto, para ser simpático, para decir que eres feliz, para dar al “me gusta” o para opinar sobre Charlie Hebdo. Las redes sociales están ahí para comunicarnos sin esfuerzo: no nos atan, podemos desaparecer si así lo deseamos, reaparecemos cuando tenemos ganas, desde casa o desde la oficina, y es siempre sin esfuerzo. Porque los selfies escorzados llevan su tiempo, una reflexión afilada y acertada también, pero no requiere el esfuerzo de socializar como se socializa sin que medien las redes sociales. La amistad así, es más fácil que antes, pero también menos profunda. Lo mismo ocurre con el amor. Y amar es esforzarse, esforzarse en atender las pequeñas cosas de lo cotidiano y de lo extraordinario, pero sobre todo en lo cotidiano. Lo sencillo es estar sin pareja. Y no hay mejor usuario de redes sociales que el desparejado. Porque es sencillo y agradable estar ahí. Y porque como escribí hace tiempo, a lo que Kafka llamaba ventanas yo lo llamo soledad: las redes sociales han sustituido en muchos aspectos a la pareja. Dando cabida en nuestra soledad a extraños que cubren nuestras necesidades de atención. Cosa que abre otro debate que dejaré para más adelante: si las redes sociales son hoy nuestra soledad acompañada y el comentario sobre las noticias de la mañana lo lanzamos en ellas para comentarlo con personas afines a nuestros gustos y pensamientos, ¿es prescindible la pareja para esto? ¿es innecesario que tú pareja comparta la mayoría de tus gustos y aficiones si ya lo compartes con otros? Pero esto, como he dicho, será para otro día.

c) Autoestima, orgullo, dignidad y vanidad

Conceptos que desarrollé en el primero de esta serie, que sumados a lo anterior, podrían llevarnos a pensar que nuestra generación es de Narcisos porque es de aduladores, y que nos movemos en una espiral de egocentrismo desmedida.

Estos tres puntos condensan las características generacionales que quería señalar y que a mi juicio son características también asimilables a nuestra forma de amar. Como ya habréis intuido, una persona que no se reconoce a sí misma, que sobrevive con relaciones sociales y amorosas más o menos superficiales y que no es capaz de reconocer en el otro un igual sino alguien que está para reconocerla a ella, no sabe lo que es amar. Así que si tengo que dar una respuesta a esta pregunta principal, mi respuesta es no.

11. Amor protópico (Proximamente)

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