El pájaro que se quemó las alas

“Birdman”, esa película de corte jazzero que tiene a todos entusiasmados menos a mí, esa cinta de narrativa postmoderna con etiqueta de comedia pero que en realidad es todo un drama, esa cinta que nos habla sobre los mitos de Hollywood, los clichés de Broadway, la fama en la época de Twitter y de un montón de egos destrozados. Porque Riggan, que es interpretado por Michael Keaton, está destrozado. Disfrutó de la fama en los años 90 cuando dio vida a Birdman, un superhéroe que todos siguen recordando y sigue formando parte del imaginario de varias generaciones. Sin embargo, para él, es un peso del que quiere desprenderse. Riggan desea demostrar que aún a sus 60 años tiene plenas facultades interpretativas y artísticas, que lo de Birdman estuvo bien, pero que lo puede hacer mucho mejor. Por eso quiere alcanzar la fama y así ser recordado por su nombre y no por el personaje que interpretó hace casi 30 años. Su plan es llevar a Broadway una adaptación de Raymond Carver, De qué hablamos cuando hablamos de amor, adaptada, dirigida y protagonizada por él mismo.

Este será el trabajo que lo eleve a lo más alto, mucho más de lo que le hizo volar el pájaro aquel. Realmente, Keaton –aka Riggan- podría estar interpretándose a sí mismo. Michael fue Beetlejuice, sí, y otros personajes, pero sobretodo fue Batman, y es posible que no haya podido quitarse aquel traje negro desde entonces, un lastre en su carrera que lo ha tenido un tanto encasillado hasta ahora. Precisamente, con la obra de Carver, Riggan quiere conseguir lo que ha conseguido -por fin- “Birdman”: que no veamos a Keaton como al Bruce Wayne de Tim Burton, es decir, que no lo veamos como un superhéroe anticuado de antifaz negro y alas.

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Si esta es la trama principal de la película dirigida por Alejandro González Iñárritu, el resto de la composición narrativa se encarga de tres líneas contextuales más: una, contarnos todos los avatares de la construcción artística junto a unos personajes que interpretan a actores, es decir, unos actores interpretando a otros actores, un elenco formado por Mike Shine (Edward Norton), Lesley (Naomi Watts) y Laura (Andrea Riseborough), la novia de Riggan, para la obra De qué hablamos cuando hablamos de amor; dos, la repercusión de la fama a nivel personal: la vida de Riggan junto a su hija Sam (Emma Stone), que ha salido de un programa de rehabilitación y ahora es su asistente personal, y su exmujer Griffin Murray (Amy Ryan), quien le recrimina que lo que ha hecho siempre ha sido “confundir amor con admiración”; y tres, los clichés existentes sobre cómo alcanzar la fama. Y todo esto a ritmo de Jazz. Una música de la que es artífice Antonio Sánchez y un solo de batería acompañan a los personajes y al espectador en toda la extensión del filme, un ritmo alocado, lánguido, a veces ridículo por el momento inapropiado del “tum-tum-pá”, y otras frenético, un ritmo que es el propio del metraje.

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