365 días/365 películas: “El hombre que mató a Liberty Valance” (63/365)

—Srta. Hallei: El lugar ha cambiado muchísimo. Iglesias, escuela, tiendas…
—Link: El ferrocarril lo ha conseguido. El desierto sigue igual.

—Srta. Hallie (Vera Miles) y Link (Andy Devine) en su reencuentro.

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 1910 Colorado. El senador Ransom Stoddard (James Stewart) llega con su esposa a la pequeña aldea de Shinbone para asistir al funeral de su viejo amigo Tom Doniphon (John Wayne), alguien a quien casi nadie recuerda en la ciudad. El periodista local se sorprende de que el senador haya hecho el viaje para tan poco y Stoddard le explica por qué vino: hace algunas décadas, un joven abogado que deseaba establecerse en el Oeste sufrió un asalto a su diligencia. Este es insultado, robado y golpeado por Liberty Valance (Lee Marvin) , el bandido que sembró el terror en la región. Dado por muerto, fue traído de vuelta por el vaquero Tom Doniphon, el único hombre que logró inquietar a Valance .

Un clásico del cine y uno de los Westerns más ovacionados de la historia. Si director, John Ford, no sólo ejecuta un trabajo impecable y plenamente merecedor de todas las alabanzas que ha recibido este filme a lo largo del tiempo, sino que nos deja un autentico retrato de cómo el Estado llegó a todo el continente americano, cómo se civilizó un lugar desértico en el que el orden y la ley no conocía más jurisdicción que la del pistolero más rápido.

 Lo mejor:

  • Me gustan las metáforas que se utilizan aquí, no sólo por su sutiliza, sino también por el gran simbolismo de las mismas: un tranvía lleno de recuerdos que trae cambios; el hostigamiento que perpetra un pistolero apodado “libertad”; una leyenda que marca la historia y el éxito de una ciudad; la flor de cactus en el desierto, la flor más bella cuando no se han conocido las rosas (como se dice en la película, aunque a mí me gusten otras).
  • La emoción perenne con la que Ford narra el final de una época representada por Valance, hombres en la taberna y mujeres con delantales blancos. Todo un salvaje Oeste que se verá reorganizado por Stoddard.
  • El personaje de Tom Doniphon, un hombre fracasado que fue todo un héroe pero que la leyenda borró de la historia. Me inspira una especie de ternura por su capacidad para no necesitar reconocimiento y aún así hacer la cosas bien.
  • La escena en la que Doniphon prende fuego a la casa que construye para Hallei: ha sido derrotado, en el corazón no manda nadie, y decide poner fin a sus deseos.
  • El sentido del honor y la justicia de Stoddard.
  • El periodista, Dutton Peabody (Edmond O’Brien) y sus magistrales y divertidas frases como cuando le dicen que se ha impuesto una noma que todos tienen que acatar y dice “¿No hay excepciones, ni siquiera para la prensa? ¡Eso es llevar la democracia al extremo!”. Un personaje, a mi juicio, con un perfil narrativo en el que sería bueno profundizar.
  • La comunidad y cómo se conocen entre ellos. Una comunidad que es casi como una familia pero en la que casi todos son anónimos.
  • El hecho de que, aunque se prodigue en la cinta la necesidad de “domesticación” del Salvaje Oeste a través de las leyes y la justicia, esta es una historia que, como reza el cliché, está escrita con sangre.

Lo peor:

  • La caracterización de los personajes en edad avanzada.
  • Pocas pegas le encuentro a esta película más allá de las que podría ponerle una persona que no le guste John Ford o los westerns. Es decir, su previsibilidad, la impostura de algunos personajes y la no poca frecuente costumbre de adjetivar como “hueca” a la capacidad intelectual de este cine. Pero repito, esas pegas sólo se las podría encontrar alguien a quien no le guste este cine, y no es mi caso. Es más, yo me aventuro a decir que en esas premisas sólo encuentro una languidez argumentativa tal que sólo puedo entenderlo por eso que digo siempre sobre que el cine es cuestión de gustos, o porque quien así la describe no ha tenido capacidad de comprensión; y sinceramente, aquí no se necesita mucha.

Preciosa película de brillante lirismo narrativo y que deja, al menos a mí, una cuestión en el aire: ¿se ha de imponer la justicia sin importar el método? Ciertamente caben muchas respuestas al respecto,  pero cabría decir que aquí todo se reduce a la primacía de la moral en la conciencia de la comunidad sobre la tiranía de una minoría. Al final, el Viejo Salvaje Oeste, en nuestra actualidad ni se presenta tan viejo ni tan al Oeste. Pero ¿y salvaje?

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Toda una joya.

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