¿Sabemos amar? (III)

Anteriormente: (I) 1. Quiéreme menos pero quiéreme mejor; 2. Te quiero mucho pero a mí me quiero más; 3. El selfie. y (II) 4. El Amor; 5. Ni Dante le fue fiel a Beatriz; 6. Pedagogía de los sentimientos.

  1. El amor no entiende de razones, pero hay razones para el Amor.

Vargas Llosa habló en su libro La civilización del espectáculo (Alfaguara) del deterioro cultural de nuestro tiempo. En una entrevista que le hizo Sánchez Dragó, comentaba el peruano que, por ejemplo, la belleza, como era entendida formalmente, ya no es válida. Es más, ni siquiera se ha de pretender definir la belleza, pues cada cual nos mostrará cuál es su idea de belleza. Ni siquiera es importante el proceso artístico, o el resultado, sino que el galerista o el corredor son los que darán impulso a esa representación. En definitiva, el concepto de belleza se ha transfigurado, al igual que lo ha hecho el de justicia, el de libertad, igualdad, y también, el de amor. Y lo ha hecho para convertirse en un concepto que difiere radicalmente al clásico. Si atendemos al concepto de alta cultura tradicional, a ese que alude Vargas Llosa y lo observamos de cerca a través del tiempo, comprobamos que hoy en día no es más que un mero entretenimiento y que el mismo concepto de cultura ha mutado para deteriorarse.

De manera homogénea se expresa Giovanni Sartori para hablar de la forma que tenemos de aprender y de desarrollar nuestro conocimiento, nuestro raciocinio, pero añade a ésta desvirtuación la aparición de la televisión. Contrapone así la cultura basada en la palabra a la cultura basada en la imagen. Si la primera se encarga de las entidades abstractas que no vemos y lo que es cognoscible a través del raciocinio, es decir, de los conceptos, la segunda se encarga de lo que vemos y de lo que es perceptible a través de los sentidos, es decir, de los perceptos. Sartori suma de este modo algo importante: una sociedad que basa sus ideales en estos perceptos y relega a un segundo plano los conceptos es una sociedad que ve pero no sabe mirar. Ver es fácil, la imagen no entraña la dificultad que entraña la lectura, y si nuestra forma de aprender y conocer está basada en la imagen, propicia la existencia de un individuo que está al servicio de la misma. Pero lo mismo ocurre con cualquier otro medio cultural al que intentemos aproximarnos. Bien es cierto que la alta cultura no ha sido nunca un fenómeno de masas, pero ahora es, más que nunca, algo a lo que se prestan sólo las élites, que conservan un sentido de la cultura inseparable de la excelencia. En contra, la mayoría, hace un uso de la cultura de perceptos, y por la tanto, la alta cultura queda en desuso.

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Dicho todo esto, se puede intuir que la cultura no es hoy por hoy la fundamentación de conceptos absolutos a los que la sociedad desee aspirar, sino más bien, un lugar de entretenimiento en el que la victoria de los sentidos ha ganado la batalla al pensamiento, un lugar donde todo vale sin que importe la objetividad racional que antaño la sustentaba.

El amor no entiende de razones, pero hay razones para el Amor. Quiero decir con esto que si bien el amor es ciego, lo es porque aspira a un ideal que nosotros hemos concebido a través del pensamiento. Pero en una sociedad donde la representación de los conceptos que dan sustento a nuestra humanidad sufre de falta de excelencia, la significación de los conceptos se ve modificada y diluida, también, en esa vulgaridad. O lo que es lo mismo, los conceptos fundamentales se diluyen por la propia disolución que sufren sus formas de representación, y por lo tanto, que modifican su significado. EL concepto de Amor ya no es el que era, y puede que quizá, por ello, haya perdido su excelencia.

  1. Antes se adoraba a Dios, ahora es J’adore de Dior.

En la época de la Ilustración, la cultura sustituyó en el plano espiritual a la religión. La cultura era el culto. Y al igual que el religioso profesaba su vida, su destino, su buenaventura o su desdicha, a un dios todopoderoso, en la modernidad lo que se adoraba era a la literatura, la filosofía, el arte como representación de lo sublime y en general, al pensamiento autónomo creado conscientemente a través del conocimiento de eso que vengo llamando alta cultura. El paso del tiempo, y más aún desde la posmodernidad, ha ido perfilando una nueva forma de adoración. Usando términos bíblicos, y por lo útil del concepto de idolatría, el Becerro de Oro puede ser hoy Lady Gaga, una Bratz o el perfume que anuncia Charlize Theron. Con esto, y sin darnos cuenta, estas nuevas representaciones de ídolos se ha convertido en una manifestación de la cultura, en una manifestación posible de la cultura en nuestro tiempo. Como posible es, también, que adoremos el clamor que produce ese selfie que te has hecho con dedicación y esmero un viernes noche antes de salir, pero que pones en tus redes sociales con la leyenda de “Es martes y ha sido un día duro. Buenas noches, corazones.” Y le siguen multitud de mensajes, favs, likes, y su consecuente experiencia espiritual.

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El padre de un amigo, quien dedicó mucho tiempo a estudiar las religiones, siempre le decía que en todas las épocas el ser humano ha necesitado de una divinidad, y que por ello, siempre ha existido lo sobrenatural. A lo que añadía que el hombre será verdaderamente humano cuando abandone y se desprenda de ello; cuando por fin deje el lastre de esos ídolos creados para complacer ciertas necesidades espirituales a través del misterio. Mi amigo, contándome esto me preguntó: “¿Crees que hay algo más misterioso que el amor?” Mi respuesta fue que no. Aunque la Ilustración tuvo visos de superación de la religión, el fracaso de esa corriente ha provocado que en nuestros días, todavía hoy, no nos hayamos desprendido de los ídolos y la idolatría. Si bien lo hemos hecho de lo sobrenatural –en mayor grado que en la antigüedad-, también hemos creado unos ídolos que marcan nuestras pautas de conducta y quizá nuestras pautas a la hora de sentir. Las experiencias espirituales tienen icono y es un pulgar hacia arriba. El empobrecimiento de la cultura nos ha llevado de nuevo al pasado, sólo que nuestros ídolos huelen mejor y no encierran ningún misterio.

  1. Homo Ludens.

Irremediablemente, los dos puntos anteriores nos llevan a una única conclusión: el homo sapiens es hoy en día un homo ludens, es decir, un ser lúdico. Un ser recreativo. El adjetivo lúdico, hace referencia etimológicamente al vocablo ludus, que significa juego, y del que deriva también la palabra eludir, que es, en definitiva, evitar o burlar con destreza a cualquier persona o situación no deseada. Podría decirse de este modo que la sustitución que en el tiempo ha sufrido nuestra forma de conocer, aprender e incluso apreciar el mundo ha influido en nuestra forma de afrontar nuestras emociones, y por supuesto, el amor. El amor es un juego al que sólo jugamos para entretenernos, pues si nos aburre o no nos interesa, sabremos burlarlo en favor de nuestro interés. El amor es, al igual que el selfie, un opiáceo de consumo al por mayor, que sólo satisface cuando es nuevo, no necesita de esfuerzo y nos hace estar más guapos. No olvido que puede que esté exagerando, pero de la hipérbole, al menos, se consigue que el receptor de la misma piense un poco en ello. Tampoco olvido todas las bondades que nos brinda nuestro tiempo, pero lo que aquí vengo señalando son temas que me preocupan particularmente. Si el amor es un juego, es porque la representación del mismo a través de nuestras incursiones en la cultura nos lo han representado así, desvinculándolo del misterio y su consiguiente experiencia vital. La solución debería pasar por una recuperación de muchos valores olvidados, así como de volver a posar nuestros principios capitales en el conocimiento de las humanidades. Pero eso, en este punto, cómo se logra. Ojalá tuviera la respuesta. Yo, por mi parte, sólo intento acercarme a ello, y de momento sólo alcanzo a ver eso, conatos de intentos, pero ya es algo.

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  1. ¿Sabemos o no sabemos amar?

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Continuará…

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3 pensamientos en “¿Sabemos amar? (III)

  1. Platón decía que contemplar algo bello es positivo porque hace que deseemos ser mejores, nos inspira genera en nosotros una fuerte pulsión de volvernos bellos. ¿Podría darse la vuelta al razonamiento? ¿Decir que si al contemplar algo deseamos ser mejores, ese algo es forzosamente bello? En ese aspecto belleza y amor podrían confundirse. Cuando amamos a alguien deseamos se mejores para esa persona. Da que pensar el paralelismo.

    • Es complicado tu planteamiento. Desde luego, para uno mismo, la persona amada siempre es bella, pero en general, la belleza no es sinónimo de bueno, ni mejor es tampoco sinónimo de este.
      Realmente es interesante lo que planteas, pero al respecto hablé en el punto 4, “El amor”, donde digo que eso es “decorar defectos”, y que se aproxima mucho a la función del artista.

  2. Pingback: ¿Sabemos amar? (IV) | Los tejados de Ardis

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