¿Sabemos amar? (II)

Anteriormente: 1. Quiéreme menos pero quiéreme mejor; 2. Te quiero mucho pero a mí me quiero más; 3. El selfie.

4. El amor.

Tengo cuatro cepillos de dientes: dos en casa, uno en el bolso y otro para viajar. Un par de vaqueros viejos por si recupero la cintura de los veinte, y otros siete en los que la de mis treinta y uno no queda mal. Mi pelo es de un liso aburrido, pero flota y huele dulce, sitio al que tu nariz le gusta ir a refugiarse. No tengo ojos claros, ni los pómulos de Ursula, pero los míos, con vértices extremos en dirección a mis sienes, son más risueños que bonitos y hacen juego con la arruga de la comisura de mis labios; de tanto reír contigo. No tengo ningún doctorado en papel, pero sí alguno en la vida; un pasaporte al que no lecaben más sellos y uno nuevo sin estrenar. Sé que la cama es mejor cuando se ama y que es también para dormir, unas caricias que deshacen sábanas para llenarlas de sudor y hasta huellas en tu sombra. Tengo las uñas de los pies deformes, eso me pasa por bucear, pero ellos son firmes y me soportan bien; no te preocupes de la carga, que se me da mejor la libertad acompañada. Sé hablar dos idiomas, entiendo otros tres y el quinto sólo lo conoces tú. Y Aunque duermo mal y poco, por eso de que dormir es vivir menos, te regalo mis sueños, que es donde brindo por tus éxitos. ¡Ah! Y tengo muchos besos reservados para los domingos, para que así se te pase la soledad. Mejor que no hablemos sin desayuno, pues la suma de 1 y 1 sin el primer café no me deja dividir. Tres costuras en mi cuerpo me han hecho aprender a remendar, así que descuida: no pienses en los botones sueltos, que yo me encargo. Me sobra inseguridad, una sola duda es un titán que puede con mil razones, de ahí mi gran mixtura: tímida, inoportuna, áspera y  un título en “Decoración de defectos”. Lloro a escondidas, pero ya me conoces, de tanto hablar casi siempre es mentira la verdad. También tengo tres libros empezados, mil proyectos inacabados, un extraño y difícil deseo maternal, una ventana desde la que se ve la luna, un lunar que sólo se ve cuando te bailo a solas, una nariz de rica sólo vista de perfil. Y además de eso, lo único que me hace millonaria es que todo lo que tengo te lo entrego a ti. Porque tengo tu sonrisa por fortuna, tu maestría por pilar y tu cuerpo por almohada.
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Disculpadme “lo poético” y lo estridente del texto, pero es complicadísimo definir el amor. Supongo que por eso se le da mejor a los artistas que a los filósofos hablar de él. Y no es que yo sea –ni intente ser- una cosa ni la otra, pero para hablar de él objetivamente hay que tomar distancia, una distancia que sólo podría tomar alguien que no tenga entre manos ninguna historia pasada, actual, con visos de futuro o deseo de ella. Y no es mi caso. Creo que el de nadie. Supongo que lo abstracto del arte, en estos momentos, es mí mejor herramienta. De todos modos, no creo que sea tan importante definirlo aquí, pues todos entendemos qué es el amor; que además de saber qué es, sabemos cómo cambia y fluctúa con el paso del tiempo; y sabemos que no es lo que nos cuentan en las novelas o en la factoría Disney, sino que es algo lleno de defectos decorados, como eso que he escrito más arriba. Decoramos defectos –los nuestros y los del otro- para enamorar y para enamorarnos, de ahí que se hable de la idealización, pero también para seguir enamorados después. Porque cuando el decorado desaparece lo que queda –o debería quedar- son las mismas ganas de entrega, de ofrecer lo mejor de uno. Si hay algo que no podemos negar es que el amor nace con altísimas expectativas. Nace con un para siempre, y será más tarde cuando se tendrá en cuenta el hasta que dure. El amor sufre una transmutación que perturba al yonki de las mariposas, lo instala en el miedo a la pérdida de la pasión al creer que sólo lo que había en un principio era verdadero amor. Es por ello importante plantearnos también una cuestión fundamental: la de cómo hacer que la relación continúe amorosamente y no pasionalmente.

Por eso mismo se entiende que el amor platónico es el amor más elevado, el más puro, porque no espera nada del otro. Es un amor que vive sin poder ser correspondido, ya no hablo ni si quiera de que pueda suceder, sino de que ese amor no va a tener ninguna respuesta y aún así existe. Verdaderamente es un amor excelso, sublime, digno de ser admirado, el problema de este amor es que no es realista. ¡Ni Dante le fue completamente fiel a Beatriz! Aunque claro, no le fue fiel en lo físico, pero siempre le fue fiel en su corazón. Si el amor es entrega, ¿cómo ama la generación self-todo, la que quiere todo para sí, la que a falta de un amor de este clase se ama sólo a sí misma? Cabría plantearse la necesidad de una nueva asignatura vital: pedagogía de los sentimientos.

5. Ni Dante le fue completamente fiel a Beatriz.

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Dante se enamoró platónicamente de Beatriz, fue un amor eterno que nunca sucedió, sin embargo se casó con Gemma, con la que tuvo cuatro hijos. ¿Qué habría pasado si Beatriz le hubiera correspondido? Eso no lo sabremos, pero sí me puedo imaginar lo que alguno diría en nuestros tiempos: ya es tarde y no puedo hacer daño a terceros. Y lo que harían muchos, dejarían todo y los terceros sufrirían las consecuencias. Si bien Dante lo hubiera tenido más fácil, ya que él sí amaba a Beatriz, en nuestro tiempo, abandonar una relación porque hay otra que promete de nuevo aquellas mariposas es algo habitual. Eso de redecorar nos gusta a todos, qué mejor que redecorarnos a nosotros mismos para servir a los ojos de un nuevo amor. La promesa de empezar de nuevo, la promesa de un nuevo para siempre. Y eso, lo facilita el sexo y su inaplazable intimidad, o mejor dicho: la pantomima de esa intimidad. No quiero decir con esto que el sexo tenga que ir siempre junto al amor, ni que el amor deba ir siempre junto al sexo, pero en el primer caso siempre es mejor cuando se ama y en el segundo sería volver al amor platónico del que hablaba antes, o a un amor romántico típico del siglo XVIII más que del XXI (que aunque haya casos, no es lo común ni lo que hoy aquí interesa).

Básicamente, el amor tal y como lo concebimos en nuestra cultura y en nuestro tiempo es un artificio del hombre. Podría decirse que el amor es el vestigio de la reproducción de la especie. El sexo en el reino animal, como sistema de reproducción, es hasta violento, está desprovisto de cualquier tipo de sentimiento y tiene una función completamente reproductiva. Sin embargo, por ese mismo instinto de reproducción los animales, las hembras concretamente, emplean ternura con sus crías, las protegen, las cuidan y las miman, porque les importan. Nosotros, los humanos, hemos trasladado la ternura maternal a la pareja y también a nuestras relaciones sexuales. En nuestro deseo de progreso hemos sentimentalizado el sexo, de tal manera que ese proyecto significa que cuando yo elijo a esta persona no quiero a otra. La ternura, cualidad originariamente femenina, se trasladó también al hombre, cosa que demuestra que la fidelidad sirve adecuadamente para este raro proyecto humano de perpetuarnos a la vez que nos amamos. ¿Significa eso que la fidelidad es intrínseca al amor? Supongo que no necesariamente, pero dentro de nuestro constructo monógamo podría decirse que sí. No porque lo sea, sino porque así lo sentimos y necesitamos. Y eso basta por ahora, para nosotros.

6. Pedagogía de los sentimientos.

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Schopenhauer nos habla del dilema del erizo: “pincharse o morir de frio”. Una pareja de erizos, en pleno invierno, tiende a unirse para poder darse el calor que necesitan, pero una vez que están pegados el uno al otro se terminan pinchando. Esto suena bastante a ese te quiero mucho pero no te amo, ¿verdad? Porque no es lo mismo querer a alguien que quererlo para vivir siempre junto a él. ¿No habrá alguna manera en la que los erizos dejen de pasar frio sin pincharse? Estoy convencida de que alguna manera ha de haber, pues algunos lo consiguen. Para mí, lo principal es tener claro que el amor fluctúa, y que hay que saber entenderlo en cada momento, que hay que ser consciente de que el amor tiene sus momentos difíciles, míseros incluso, tristes y vagos, pero que sólo a golpe de amor se superan. Pero aquí es importantísima una facultad que nos ha dado la vida, pero también el comercio y la política: nuestra capacidad para elegir. Sólo que no nos damos cuenta de que elegir valores no es lo mismo que elegir bienes materiales. Tuvimos la capacidad de elegir valores en un principio, pero la normalización de poder elegir bienes materiales ha hecho que consumamos los primeros como si fueran los segundos. Y al igual que fabricamos esos bienes bajo la demanda de nuestras necesidades, “fabricamos” valores a nuestra medida. Forma parte de nuestra identidad, son parte del abanico de las cosas que son creadas por nosotros mismos. Es cuestión de libertad y de responsabilidad. El tacto, la compresión, mantener la proximidad y la independencia, esas cosas se eligen y se aprenden. Pero esto va en contra de la mercadería del amor y en contra de lo que se piensa que es el amor, porque el amor no es la fusión de dos personas, sino permanecer juntas sin que ninguno se apodere del otro. Es también cuestión de igualdad.

7. (Continuará).

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2 pensamientos en “¿Sabemos amar? (II)

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