¿Sabemos amar?

 Alguna vez habréis oído eso de “quiéreme menos, pero quiéreme mejor”, o incluso alguno lo habrá reclamado para sí. Y también habréis oído –o dicho- lo de “lo quiero mucho, pero a mí me quiero más”. Yo, incluso, he escuchado las dos frases a una misma persona en una misma conversación, es decir, exigía que la quisieran adecuadamente y se anteponía, a su vez, a su pareja. Y yo me pregunto ¿esto es amar?

Tipos de amor hay muchos: fraternal, maternal, amistoso, el amor por uno mismo y el amor por antonomasia, el amor pasión o amor romántico. ¿De cuál voy a hablar? Pues de estos dos últimos. De ellos y de cómo los vive la “generación selfie”, la generación-yo.

1. Quiéreme menos, pero quiéreme mejortumblr_lyl1p3LbH21qbsjqno1_500

Cantidad y calidad, la disyuntiva de siempre. Idealmente, en el amor, no se tendría que elegir: amar con intensidad, debería significar, per se, amar de la mejor manera posible si partimos de una idea de amor positiva; como decía, si partimos de un amor ideal. En realidad la intensidad debería ser incuestionable; pues como me dijo en una ocasión mi padre –quien lleva felizmente casado con mi madre cuarenta años-, para estar con alguien hay que amar y amar mucho. Entre otras cosas porque el amor, como cualquier sentimiento, no puede medirse y mucho menos modularse a gusto del consumidor. Dicho lo cual, cantidad y calidad no tendrían que ser cuestiones subsidiarias, sino que irían parejas y proporcionalmente en la misma dirección. Dado que no soy nadie para decir qué es amor y qué no lo es, no voy a hacer juicios sobre el tema aunque haya hecho una introducción sobre el “deber ser” del amor, pero será sobre este “deber ser” al que más adelante volveré. Con lo que sí voy a atreverme es con una cuestión que a ninguno –estoy segura- nos pasa desapercibida: somos yonkis de las mariposas del amor. O dicho de otro modo más formal: la intensidad de los comienzos del amor parece estar al servicio de nuestro sistema de recompensas.
De sobra es sabido que el amor, o más bien, el comienzo del mismo, más allá de catalogarlo como algo espiritual, es puramente química. Es ese primer café que te tomas con alguien, que te sienta de maravilla porque te sientes a gusto, que no importa si está lo suficientemente caliente o dulce, o si está próxima la hora de dormir y no toleras la cafeína, porque te encuentras tan bien que te tomarías once más si fuera necesario para seguir así, a gusto. Ese bienestar no es debido al café –¡desengañaos!– es debido a las hormonas que genera nuestro propio cuerpo y que activan nuestro sistema de recompensa del mismo modo que lo activa escuchar música, ganar dinero o el sexo. (El sexo… a él también volveré luego). Es lógico pues, que al igual que escuchamos en bucle una canción que nos gusta mucho, quisiéramos repetir estas sensaciones de cafetal arábico y excitante eternamente. Pero resulta, que como también es sabido y popular, esta emoción se desvanece aproximadamente, y con suerte, al año y medio de haber comenzado una relación. Así que desde ese momento ni cien cafés podrán devolverte aquellas mariposas.

2. Lo quiero mucho, pero a mí me quiero más.tumblr_mws08vKVJz1shpxm3o1_500

Está muy bien quererse, cuidarse, mimarse, el amor propio bien entendido es siempre una garantía de éxito en casi todos los aspectos de nuestra vida. Pero quererse por encima del otro, aunque sea también humano y parte de nuestro sistema de supervivencia, en unas circunstancias –diré- amables no tiene cabida en el amor, incluso, si lo pensamos bien, no tiene cabida en ningún aspecto vital. Autoestima, orgullo, dignidad y vanidad se usan como sinónimos sin tener en cuenta los matices que los separan y lo aúnan como conjunto de atributos del amor propio, de modo que se pierden todos los contornos del “yo”. Iré por partes:

El respeto a sí mismo y la exigencia del respeto suficiente por los demás, es loable pero sobre todo necesario para la convivencia, de tal manera que dan pié a la confianza necesaria para enriquecer nuestras vidas. Si es demasiada la confianza podríamos pecar de arrogantes, y si es insuficiente lo que le acompaña es la inseguridad. Es decir, hablo de la necesidad de una autoestima adecuada. Sin embargo, la tendencia popular es la de aconsejar una alta autoestima, tanto que si se daña la de un niño parecería que estemos a punto de destrozarle la vida. Pero ahora bien, una cosa es ser piadoso con los niños y otra crearles expectativas irreales. Si quiere ser cantante y no canta bien, no le digas que será un gran barítono y oriéntalo a que toque la guitarra, antes de que la decepción o el resentimiento puedan llegar.

Por otra parte tenemos el orgullo, que sin estar tan bien visto por la sociedad como la autoestima, no deja de ser imprescindible para dotar de valor a esta. Estar orgulloso de algo que hemos conseguido con esfuerzo, por ejemplo, es un gran regalo para uno mismo. Y además tiene la ventaja de hacer de resorte para que sigamos avanzando. En su mejor faceta está la de sentirnos dignos de algo que admiramos o deseamos. La vertiente perversa es cuando tiende a ponernos por encima de otros, es decir, un exceso de amor propio que nos conduce directamente a la egolatría.

La vanidad es, finalmente, el extremo negativo de todo ello: para el vanidoso no será digno de orgullo haber realizado con éxito una tarea que se vaticinaba improbable o dificultosa, sino que lo que le producirá orgullo será el reconocimiento de los demás por haberlo conseguido; lo que persigue es la ovación. Codicia la admiración y el halago, aunque estén vacíos. Es así que la vanidad es resultado de una autoestima frágil y es a lo que se debe esa demanda constante de consuelo; un consuelo que tiene que “mendigarse” a través de la aprobación de los otros.

3. El selfie.

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Y es en este punto donde aparece el tan aclamado selfie. Ese selfie que pide a gritos un “me gusta”, que imita la pose de la celebridad de moda y que oculta –en muchas ocasiones aunque no en todas- que se muestra más cómo le gustaría ser que cómo realmente es. Además de provocar una avalancha de aprobaciones, también provocará envidias y desprecios, cosa que activa rápidamente un selfie de contraataque. Pero esto es algo ya dicho por los sociólogos: somos espejos, los unos de los otros, donde nos vemos reflejados, por lo tanto nuestra vara de medir es el que tenemos frente a nosotros. Como seres sociales buscamos la aprobación del otro, con el que a la vez nos medimos, pero una autoestima o un orgullo desequilibrados hace explosionar esta “vanidad de vanidades”. De modo que la vanidad no es más que un narcisismo radical, donde el encanto superficial, el egocentrismo o la falta de empatía forman parte, y a diario, de nuestro nuevo mundo adherido a todos nuestros “yo”: el análogo y el virtual.

Es así que el individuo-self-todo fracasa en el amor. Y diréis, ¿qué tendrá que ver? Pues, en mi opinión, mucho.

4. El amor

Próximamente en este blog.

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4 pensamientos en “¿Sabemos amar?

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