A cara o cruz

Hace unos días resbalé por la calle, y fruto de la aparatosa caída tengo unos “bonitos” puntos adornando la base de mi muñeca izquierda. Nada grave, pero sí lo suficientemente chocante como para que quien lo vea, sin preguntar nada, ponga cara de miedo. Algo parecido ocurre cuando una amiga mía, soltera y sin pareja, dice que quiere ser madre pronto aunque no “exista” un padre en su vida. Y otro tanto pasa cuando soy yo –también sin pareja- la que digo que no estoy segura de querer tener hijos, pues para mí es cosas de dos y además no he sentido la llamada de la maternidad o como quiera que lo llamen. Hablábamos ayer de estas cosas mientras celebrábamos el cumpleaños de mi amiga. Justo en ese momento se armó un pequeño revuelo en Facebook por una foto que subieron de la celebración: hubo alguien que me confundió con la chica desaparecida de Marbella (sólo nos parecemos en el color de pelo, la verdad). La confusión duró poco, pero hubo quien comentó que ya se había avisado a la policía. Fue todo muy cómico, hilarante, absurdo, pero fue revelador para mí cómo en cuestión de minutos fui la protagonista de una especie de universos paralelos, algo parecido a ser consciente de que es posible eso que la física cuántica llama la Teoría de Cuerdas; aunque sólo sea en sentido metafórico. Por un lado está mi vida, la que yo comprendo que es la mía, por otro la de los demás. También está la que yo creo que tienen los demás y por último la que los demás creen que tengo. ¿Son o no son universos paralelos?

Es realmente impresionante ser consciente de cómo la vida pasa, la de los demás o la tuya, cuando hablábamos de futuro y lo asociábamos a un acontecimiento inesperado e inoportuno como fue el corte de mi mano. Hacíamos planes –o jugábamos a hacerlos-, mientras que en otro lugar “estaba resuelto” un caso de desaparición justo cuando celebrábamos un cumpleaños, algo que hacemos todos los años mientras vivimos. Y me dio por pensar que, a veces, vivir es como echar una moneda al viento.

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A cara o cruz. El todo o nada. Podríamos jugarnos el todo por el todo en un futuro, pero cuando llega el día, en ocasiones, no somos capaces de mover un dedo. Porque aunque todos en alguna medida tenemos un plan para nuestras vidas, el cara o cruz, el destino, el azar, o poner en estos la excusa perfecta para conformarnos o consolarnos se enfrenta siempre a nuestros deseos. Un amor inesperado que te hace abandonar todo, un trabajo que te hace volver, un problema que hace que no puedas hacer nada… Ya Maquiavelo, el gran estratega, contaba con la Fortuna: no todo está en nuestras manos, hay que tener en cuenta que lo inesperado y la suerte pueden ir en nuestra contra o en nuestro favor. Pensamos en proyectos mientras el futuro no ha llegado, pero cuando ese día llega nos damos cuenta de que no contábamos con que aquél presente se debatía con lo incierto. Tener planes para llevar a cabo un sueño es lo único que puedes tener para alcanzarlo, pero nuestra educación en el tiempo, en el transcurso del mismo, nos impide ser realistas a largo plazo. En este sentido se puede decir que hay cosas más asequibles que otras, pues, por ejemplo, terminar una carrera o pintar un cuadro puede depender exclusivamente –y casi siempre así ocurre- de ti y de tus ganas. Pero hay cosas que no; en estas las ganas no bastan.

En ese desfase de incomprensión temporal compaginado con nuestra percepción de lo que somos y lo que son los demás es donde no todo depende de nosotros, sobre todo cuando hablamos de sentimientos. Yo podría estar enamorada perdidamente de alguien y hacer todo tipo de cábalas acerca de lo que ese alguien piensa o siente por mí, pero jamás sabré qué es lo que piensa o siente si no nos lo decimos por mucho tiempo que pase. No es el tiempo el que pone las cosas en su sitio, como reza el refrán, sino nosotros mismos con nuestras relaciones e interacciones. Que dado el caso, cuanto más directas y sinceras mejor. Vivimos entre nuestros deseos y nuestras conclusiones, entre proyectos y acontecimientos inesperados, entre experiencias pasadas y miedos que nos hacen evitar cualquier tipo de riesgo indeseado. Y vivimos también de confiar en lo que creemos que otros sienten por nosotros. Y así hay dos tipos de personas: los que arriesgan y los que no.

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Supongo que para arriesgar hay que ser valiente, tener fe en uno mismo, saber que lo que ofreces puede ser bueno para lo que lo ofreces o a quien lo ofreces, hay que quererse mucho y no tener miedo… Pero esto es complicado, sobre todo para alguien como yo que antes de ser práctica fui demasiado valiente. Supongo que hablo desde una perspectiva muy abstracta; intentaré ponerle remedio.
¿Habéis visto la película La vida de Adele? Para mí es una de las grandes películas de este año. En ella se cuenta la historia de Adele, una chica que en su juventud descubre el amor y la pasión en otra chica, Emma. Ese sería el argumente resumido, pero el tema principal es una historia sobre el amor y la soledad. Emma es una artista que empieza a hacerse un hueco en en el mundo de la pintura, sus fans y colegas llenan su vida, una vida que pertenece a los intelectuales del mundo del arte. Mientras tanto, Adele es maestra de infantil y es feliz enseñando a niños. Sin embargo, cuanto más éxito va adquiriendo Emma y todas sus amistades y conversaciones versan sobre ese tema, Adele va sintiéndose cada vez más desplazada: está en un mundo que no le pertenece; más aún, ella no pertenece al mundo de Emma. Adele se siente sola, y cree que Emma no la necesita. Quizá piensa que no es suficiente para Emma, no está a la altura. ¿Hay algo peor que no sentirse a la altura? Por eso el título es La vida de Adele y no la de Emma, ni la vida de la chica del pelo azul, es la de Adele porque es como ella la siente, como ella vive, como es para ella. Adele actuó en consecuencia y no ante la realidad que pudo presentarle Emma si hubieran hablado.

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Mientras la moneda da vueltas en el aire somos capaces de todo, cuando por fin la moneda ha caído, algunos, son capaces de girar la moneda con la otra mano, mientras que otros la volverán a lanzar.

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2 pensamientos en “A cara o cruz

  1. La teoría de cuerdas lleva una década en entredicho porque muchos consideran que no es falsable (no puede ser refutada, lo que la convierte en pseudociencia). ¿Es el mismo caso del amor no declarado? Si no sometemos a nuestro amor a la dura prueba del rechazo, ¿deberíamos considerarlo pseudoamor?

    • Me gusta lo que planteas. ¿Sólo es amor si puede refutarse? Y por otra parte, ¿significa que es amor sólo el correspondido? ¿El amor, al ser un sentimiento o una emoción, puede practicarse unilaterarmente?
      Me cuesta dar respuesta a esto, pero la confesión, creo, en este caso no equivaldría a la refutación de su existencia, sino más bien a darle potencialidad de ser practicado recíprocamente. De no ser así, un amor no correspondido siempre sería pseudoamor.
      Aunque mi respuesta definitiva sería ¿por qué no?
      Sabes que de esto va a salir un post, ¿verdad?

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