El eslogan que cambió tu vida

¿Qué es la libertad? Difícil pregunta, ¿verdad? Quizá, se acotaría un poco más si preguntase qué es para ti la libertad, pero de esta pregunta saldrían tantas respuestas como personas la contestasen. Se ha escrito mucho sobre ella, se ha discutido aún más sobre su significado, sobre cómo proporcionarla o cómo obtenerla, sobre si es posible su realización o si es sólo una utopía, y de cualquier modo se ha tenido que llegar a un consenso sobre qué es la libertad para poder ejercitarla – al menos, dentro de los estados democráticos en los que vivimos. De cualquier modo, en nuestra cultura occidental podemos hablar de hombres libres sin ningún atisbo de duda. Aún así, hay algo que me perturba últimamente, y es que aunque nuestra libertad de acción, de pensamiento, de expresión, moral o ética, sea un hecho, el ser humano sigue constriñendo su propia libertad. Aunque sólo lo hagamos porque somos humanos y porque sentimos.

Just do it, just do it, just do it…Just do it! Como si se tratara de un mantra. Hazlo, no lo pienses. Nada te detiene. Eres libre. ¡Cuánto mal han hecho los eslóganes publicitarios por la humanidad!

Just do it (Nike), por ejemplo. Es el eslogan que con más rapidez podemos recordar todos y el más integrado en nuestra forma de vida. El imaginario colectivo del eslogan, es decir, la mayoría de nosotros, actúa sin pensar. O más bien, actúa sin pensar en las consecuencias, porque normalmente hay un plan previo y perfecto para llevar a cabo el impossible is nothing (Adidas) o el Enjoy! (el primer eslogan de Coca-Cola en España).


 […] Creo que te gusto, pero no te basto, y eso lo sabes muy dentro de ti. […]
 Esta frase, esta pequeña y asombrosa frase es del libro Un hombre enamorado, de Karl Ove Knausgård. Hay tantas cosas en este libro dignas de mencionar que podría no acabar nunca, pero hoy elijo esa frase. Esa pequeña, asombrosa y perturbadora frase.
 Una vez escuché decir a alguien que la persona a la que amas y la persona que te ama no es nunca la misma. No hacía referencia a esos tríos endiablados donde nadie es correspondido, sino que hablaba de que amamos a las personas por cómo son y por cómo las percibimos.

Ese es -o era- el principio de la entrada que había escrito y que conforme iba escribiendo –porque tenía que escribirlo aunque fuera para mí- sabía que no podría publicar: hay cosas que no pueden hacerse públicas. No por nadie en especial, más bien por uno mismo, y dado el caso, si se hace referencia a terceros, por ellos también. Bueno, por eso y porque es mejor dejárselo a la poesía que a la prosa. Pero sobre todo, porque todo lo que publicamos se hace –valga la redundancia- público. Esto no es como lo que rezaba la publicidad de Las Vegas: “What happens here, stays here”.

Ahora que estoy con la publicidad recuerdo un anuncio argentino que llamó mi atención la primera vez que lo vi y aún no lo he olvidado. Era un anuncio de una compañía de telecomunicaciones y lo que se veía en él era el transcurso de un día normal en las calles de una ciudad donde los transeúntes “comunicaban” un bostezo. El bostezo, como sabéis, se contagia, y en este anuncio las personas que aparecían creaban una red de comunicación a través del bostezo. (Os lo describo porque aunque deje el link del video es posible que alguno no pueda verlo). Además de parecerme un gran anuncio siempre he pensado en él. Sólo que antes de diferente manera que ahora. Antes ese anuncio era sólo comunicación, ahora es también contagio.

¿Estamos contagiados de comunicación? La comunicación como la veníamos conociendo ha cambiado, de hecho, ya hace mucho tiempo que cambió. Pero si empecé hablando de libertad no era sólo para referirme al cuidado que tendríamos que poner al exponer nuestros pensamientos privados al mundo, también lo hacía por la esclavitud que provoca este modo de comunicación masiva y exponencial. Sobre lo primero podría decir que el algodón no engaña (Tenn), y sobre lo segundo Be watter, my friend (BMW). Es decir, primero: que la forma de expresión pública, aunque no diga expresamente mucho de nuestras vidas, siempre va a ser raciocinio, que es el reflejo de nuestra forma de pensar, y por lo tanto de nuestra forma de ser; y segundo: parece imprescindible adaptarse a estos cambios, cada uno a su manera. Es obvio, pues, que la forma que optemos de adaptación tendrá que ver directamente con nuestra personalidad y nuestra forma de comunicarnos. Y para mí, todo esto me provoca cierto compromiso comunicativo: cuidar lo que digo y cómo lo digo y por otro lado mantener cierta regularidad en esas comunicaciones. ¿Otro compromiso más? Así es. Nunca antes estar en el mundo necesitó de tanto tiempo ni de tanto cuidado. Más que de comunicación podríamos hablar de una forma de vida. Conecting people (Nokia)

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Decía Denis Diderot que la indiferencia hace sabios y la insensibilidad monstruos. No estoy del todo de acuerdo con la primera premisa, pero sí totalmente con la segunda. Más que indiferencia hablaría de la maravillosa cualidad que tienen los que saben quedarse al margen. Sobre la insensibilidad hago hincapié en que, al igual que el bostezo, gana por su poder contagioso; consecuencia directa del estado de la conciencia en nuestro siglo. Red Bull te da alas (Red Bull).
Partamos entonces de que la comunicación es un yo público; al que yo añadiría unos calificativos más: un ser individual con conciencia de repercusión y ansia de reconocimiento. Un ser global y endiabladamente individualizado a la vez. Un ser donde moran dos tipos de conciencia, la propia y la ajena. ¿Cómo ponderar cuál ha de prevalecer? Eso tiene difícil respuesta, pero lo que sí me parece claro es que primero se actúa y luego se piensa, con lo cual prevalece siempre, o más frecuentemente, la propia. Se piensa en uno mismo, en la realización de deseos, en lo primordial que parece vivir el momento, en que todo ocurra aquí y ahora (¿right here, right now era algún eslogan o era de una canción?), en historias pasajeras sin necesidad de finales felices, etc. Porque la felicidad es proporcionada por instantes de pasión, desenfreno y atrevimiento. La insensibilidad es de este modo parte del carácter que nos describe como raza en estos momentos. ¿Por qué ocurre esto? Creo que es bien sencillo: no somos tan globales como creemos y somos tan egoístas y ególatras que no lo vemos. En este campo Intrnet no lo puede todo. Tenemos la posibilidad de serlo, pero el ser humano parece aún conservar vestigios de miembro de una tribu, sin conocer más allá de la misma o la enemiga. Un ciudadano del mundo no se forja gracias a Internet, esto ayuda, pero lo que hace que una persona pueda pensar a lo grande, hacia lo global pasa primero por abandonar lo conocido y tener ganas de conocer algo más.

Yo misma, sin ir más lejos, me he dado cuenta de cómo influye en mí el resentimiento, la ofensa, el descaro sin filtros o sencillamente la vulgaridad en mi contacto con las redes sociales. Me ponen de mal humor e incluso me hace pensar demasiado en estas cosas del hombre. Es fácil saber quién habla o se expresa desde el conocimiento que va más allá de sus propias convicciones o creencias, quien habla desde una experiencia más amplia y quien es capaz de educar con un solo tuit. Y aunque siempre las defiendo, a las redes sociales, porque me ofrecen mejores cosas que peores, me sumo al carro de intentar quedarme al margen en algunos asuntos.

“El honor es la conciencia externa, y la conciencia, el honor interno” diría Schopenhauer. De honor carecemos bastante, a mí parecer, pero de la conciencia aún no nos hemos librado. Afortunadamente. Think different (Apple)tumblr_nbgbpn8TsE1rq7z94o1_500

Nota de disculpa: perdonad si esta entrada no es muy lúcida o no lleva un orden y equilibrio. Hay veces que se necesita decir algo pero se carece de tiempo para hacerlo en condiciones. Este es el caso de esta entrada, y el caso de la que no público no es sólo la necesidad de decir, sino la necesidad de decírselo a quien no se lo puedo decir. Mezclemos todo y este es el resultado.
Llevo tiempo sin leer y sin escribir, cosa que noto yo y notaréis vosotros. Pero pronto tendré bastante más tiempo; mucho más tiempo, dicho sea de paso.

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