Aznavour y el crush destrozatodo

Lo peor que he hecho hoy ha sido levantarme con ganas de escuchar a Charles Aznavour:  She, La Boheme, Comme Ils Disent… ¡Menuda tontería el amor! ¡Menuda!

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Una de las escenas de cine que más me gusta pertenece a La fiera de mi niña, película tan cándida que podría pasar por ser una película infantil, pero que lo único que pretende es sobreponerse a la censura de la época; pretensión que creo logra exquisitamente. En esa escena, Susan (Katharine Hepburn) le dice a su tía Mrs. Random (May Robson) que se va a casar con David “Bones” (Cary Grant), que en realidad es un autentico desconocido para ellas:

-Mrs. Random: Who is this David? (¿Quién es ese David?)
-Susan Vance: He’s a friend of Mark’s. (Él es un amigo de Mark)
-Mrs. Random: Is that all you know about him? (¿Eso es todo lo que sabes de él?)
-Susan Vance: No, I know that I’m gonna marry him. He doesn’t know it but I am. (No, sé que me voy a casar con él. Él no lo sabe pero yo sí.)

Me parece tan dulce e inocente que sería imposible imaginar de otro modo (aunque los haya en nuestro haber histórico –real o ficticio-), todo lo que ella trama y hace para evitar que David se case con su prometida. Una comedia candorosa, alocada como la protagonista, pero que no deja de tener presente dos realidades en las que Aznavour me ha hecho pensar: lo que somos capaces de hacer por un flechazo (Susan) y cómo te cambia la vida cuando alguien se cruza en tu camino (David). En definitiva, la realidad de ese crush destrozatodo que muchos conocemos.

Pero claro, empecé hablando de amor, y este crush no podría ser amor, pues se supone que el amor es algo que llega después. El enamoramiento no es amor. ¿O sí? ¿No es el enamoramiento un reflejo de tu amor propio? ¿No es ese ideal que tienes ante ti lo que siempre habías soñado? ¡Claro que es amor! Pero amor por uno mismo. Efectivamente, te encantaría tener a alguien así a tu lado, en ese momento sólo miras por ti, por lo que tú quieres. Pero hay veces que algo, en ese crush, también se descuartiza: “seguro que él busca algo mucho mejor que yo”. Y ahí te ves, como Pigmalión ante su Galatea. Sólo que Galatea ya nació humana y Pigmalión se quedó de piedra, a gran distancia del marfil.

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Recuerdo ahora, al mencionar el impacto de Pigmalión, la película Rebeca de Alfred Hitchcock: la segunda señora De Winter (Joan Fontaine), una chica de origen humilde, se casa con el aristócrata Maximiliam De Winter (Laurence Olivier) viudo de Rebeca. Ella, nueva señora De Winter, va a vivir a la casa de su esposo, Manderley, donde permanece obsesionada con la sombra de la difunta Rebeca y el miedo que tiene de no encajar en la vida de Maxim, pues no cree ser lo suficientemente buena, bella, inteligente y adecuada para él; no está a la altura. En el cine tenemos innumerables ejemplos donde las diferencias entre los amantes no es un impedimento para ellos, al menos, no para su amor, pues es gracias a él por lo que derriban cualquier barrera. Cuando existen grandes diferencias, sean del tipo que sean, ¿son igualmente superables en la vida real como en el cine?
Ese es un pensamiento que puede calar en la mente de esta versión de “Pigmalión empedrado”. Pero si bien es cierto que podemos idealizar lo desconocido, y de hecho, creo que lo hacemos, cuando te encuentras con tu Galatea, también la reconoces.

Sin embargo, en ese enamoramiento del que hablaba, si sólo el amor que existe es el propio, y además, no es recíproco (al menos no hay noticia ni evidencia de ello), lo que ocurre es que ese amor por uno mismo junto a la inseguridad que causa nuestro “ideal objeto de deseo” nos deja en el peor de los quiero y no puedo. Porque además, tengo que corregirme: no es un amor propio egoísta, no. Es un amor propio de características parecidas a las de la película La fiera de mi niña: cándido, candoroso, alocado e infantil. Y es por esas cualidades, aunque sólo sea por ellas, que aunque ya no tengas quince años te sientes como si los tuvieras. Una niña de quince años enamorada y acomplejada, (¡¿habrá algo más grotesco a los treinta?!). Pero ocurre que de golpe, de repente, te das cuenta de que no tienes esa edad, que hace por lo menos otros quince que ya no los tienes y recuperas un poco la cordura. No por la edad acumulada, ni por ahorrarte un daño más, sino porque eres una mujer que quiere que la traten como tal; aunque sienta como una de quince.

—Pero, ¿Por qué no acepta que nunca ya volverá a enamorarse?
Era cierto; yo no quiero aceptarlo porque me parece que perdería el entusiasmo por todo, que la esperanza vaga de enamorarme me da un poco de confianza en la vida.
”           Juan Carlos Onetti, El pozo,  1939

A mí me pasa un poco como a él. Y entonces lo que importa ya no es si existen diferencias, si es recíproco, si es enamoramiento o deslumbramiento, si es verdad o mentira. Importa que Cupido te ha alcanzado de nuevo y un poco resignada, otro tanto decepcionada, decides abandonar la actitud de Susan.

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Pero de eso, ya hablaré otro día. Ahora voy a cambiar de disco, ¿alguna recomendación?

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